En una de las entrevistas realizadas a Francisco en 2015 explicó por qué reside en Santa Marta: él quiere vivir donde está la gente. En Buenos Aires era muy callejero y por eso extraña andar por las calles, como lo hacía en la Argentina. Desde que fue elegido Papa, fue propulsor de una Iglesia que se comprometa con las periferias existenciales del mundo, para “ver el mundo tal cual es”; visitó 53 países en sus ocho años de Papado, con una política de apertura hacia las naciones “no centrales”. Y cuando fue a las naciones centrales fue para decirles a los poderosos del mundo frases como: “si no quieren la guerra, dejen de vender armas”. Fue el Papa que nos dejó quizás una de las imágenes más dolorosas en medio del confinamiento producido por la pandemia de 2020 cuando caminó por la plaza de San Pedro en la soledad absoluta y en vísperas de la Resurrección, momento de tristeza y de gran congoja espiritual para todos. Ver por estos días la imagen de Francisco en silla de ruedas es un gran dolor para quienes lo seguimos en sus innumerables y emblemáticos escritos, en sus giras, en sus acciones por el bien y la paz del mundo, en sus entrevistas; y por eso nos enorgullecemos de él. Orgullo, amor y tristeza me sugiere su imagen de estos días. Ha hecho tanto bien a la Iglesia, ha inspirado a otras religiones no católicas y sus rodillas están cansadas, sus pies agotados, su corazón lleno de congoja por la ingratitud de tantos. Hablando de su enfermedad, bromeó: “me han dicho que les pasa sólo a los viejos, así que no sé por qué me ha pasado a mí”. Es la estampa de un grande. “Ojos en alto, manos juntas, pies desnudos”, dirá San Juan de la Cruz.
Graciela Jatib
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